
Emisor de profundidades
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El de Santiago Paulós es un talento natural e infrecuente. A los veintisiete años lleva por lo menos siete dedicado full time a potenciar sus llamativos atributos relativos a las artes plásticas. Ya sea beneficiado por provechosas becas obtenidas y cursadas en distintas partes del mundo, o a través de viajes exploratorios recorriendo galerías -y registrando rostros minuciosamente- este tranquilo maragato se ha concentrado en ejecutar deslumbrantes retratos que desde su luminosidad, carisma y consistencia cuasi escultural, no solo atrapan a la vista, sino que además intrigan como norma y prácticamente incitan al observador a querer tocarlos.
La impresión que transmite Paulós cuando uno lo encuentra, sea en la reclusión de trabajo en su taller de Cordón, o en cualquier otro contexto menos asociado con su actividad, es la de encontrarse con uno de esos hombres con una misión. Alguien que se entrena incesantemente con el foco puesto en desarrollar lo más efectivamente posible su destreza, pero entendiéndola apenas como un medio para perpetuar una obra importante (a pesar de que todavía sea difícil precisar a qué nivel). Una que prevalezca.
¿Cual fue tu primer acercamiento a las artes plásticas?
Fue a través de mi abuelo materno. Él se acercó a las artes plásticas después de jubilarse. De niño yo iba a su casa de playa casi todos los veranos, esto era en Boca del Cufré, en San José. Era un tipo inquieto, y a mí, sin lugar a dudas, me llamaba mucho la atención. Entre otras tengo la imagen grabada de un chaleco salva-vidas amarillo -de madera- que él mismo se había hecho para ir al arroyo. Y en su biblioteca fue donde vi por primera vez pintura.
¿Donde se dieron tus experiencias iniciales de aprendizaje formal?
En el 2000, cuando vinimos con mi familia a vivir a Montevideo. Mientras hacía 6to de liceo me inscribí en un curso de comics que hacía la ORT y que dirigía Eduardo Barreto. Nunca me interesaron los comics y no sé porque me anoté, pero gracias a esa experiencia conocí a mi maestro Álvaro Amengual. Al año siguiente fui a su taller particular de dibujo y empecé la Escuela de Bellas Artes. En paralelo también hacía diseño gráfico en la Universidad ORT, que si bien no es lo mismo, compartía algunos puntos.
¿Qué descubriste cuando empezaste a aprender técnicas?
Qué todas eran terriblemente difíciles…
¿A qué artistas locales citarías como referentes?
Como referentes y ya muertos, diría a Barradas, a Sáez; algunos trabajos en particular de Espínola Gómez. En la actualidad hay muchos que me gustan aunque no significa que me gustaría hacer algo como ellos. Los que siento más cercanos como referentes son Carlos Musso y Álvaro Amengual.
¿Qué es lo que más te impactó de éste último, tu maestro?
La manera de vivir la pintura, el punto donde está integrada al día a día. Álvaro para mí fue el primer contacto y me impacto mucho la naturalidad con que lo vive. También fue él que en un inicio me dosificó el conocimiento. Uno siempre se está formando y aprendiendo, pero todo es un proceso y a veces lo más valioso es que nos lleguen las cosas en el momento adecuado. Pienso que eso es ser un gran maestro.
¿Qué otras influencias podes citar?
Te diría que mi primer viaje a Europa fue muy importante. En particular en Ámsterdam donde vi un cuadro de Johannes Vermeer que tenía el típico tapiz, del que me acuerdo de sentir la textura en la yema de los dedos. Algo completamente corporal, una especie de comunicación directa, sin pasar -al menos en apariencia- por el cerebro. Como todos los grandes, Vermeer también va mucho más lejos que el resto: puede pintar experiencias, emociones, sentimientos.
¿Cuándo sentiste por primera vez que podías dedicarte a eso como una profesión?
En 2003 seguía con el diseño, el taller de Amengual y trabajando en casa. Había abandonado Bellas Artes dos años antes. Con el diseño empecé a tener algunas diferencias, montamos un estudio freelance con uno de mis mejores amigos y al final me di cuenta que era algo que me atraía pero que no me apasionaba. La inclinación fue gradual y el diseño no desapareció pero pasó a un segundo plano.
¿Fue una decisión discutida en tu casa?
La verdad que hasta hoy en día no logro entender –y creo que ellos tampoco- lo poco que se discutió. Mi familia me apoyó desde un principio.
¿A veces sentís que podrías haber elegido un medio de vida más sencillo?
Sí, pero no me puedo quejar. Soy un afortunado y por el momento he podido continuar con este lío.
¿Como siguió tu aprendizaje?
Tuve la oportunidad de viajar a Europa en 2004 gracias a la Fundación alemana Batuz y el MTOP. Al volver a Montevideo tuve casi dos años de trabajo a puerta cerrada en mi taller. Aprendí muchísimo y también aprendí que hay que mostrar lo que uno hace, que todo es una especie de cadena si uno trabaja desde la honestidad. Más adelante hice un viaje exploratorio con mi hermana a Nueva York y cuando volvimos se me concedió una beca de estudios en Córdoba, España. Una experiencia increíble donde viví con escritores, músicos y artistas plásticos de diferentes lugares. Al año siguiente me aceptaron en la Cátedra Francisco de Goya que organiza la Universidad Complutense de Madrid y que dirige Antonio López. Un pintor que yo veía a la distancia, en libros. Esto impulso la idea de irme a vivir allá, donde estuve hasta mediados de 2009 cuando me invitaron a dar un pequeño workshop sobre la figura humana en República Dominicana. Fue en Altos de Chavón, un lugar paradisíaco que es la filial de la Parsons de Nueva York. Fui con la idea de conocer una cultura diferente y me encontré con un lugar con mucha historia. Imaginate que a este lugar iba Larry Rivers, o que el director de la escuela fue alumno directo de Milton Avery.
¿De qué manera definirías tu estilo?
Esa es una pregunta difícil pero pienso que lo que hago está enmarcado en una tendencia que empezó en los años 50. Una vuelta a la figuración que toma muchos recursos de movimientos puramente abstractos, del informalismo y del expresionismo.
Justamente en los últimos años tus cuadros han evolucionado, desde un realismo inicial, hacia una mayor abstracción ¿A qué se debe el cambio?
No hay una razón intelectual, sino un paso del tiempo que va creando otras necesidades. Es verdad que el planteo se hace cada vez más abstracto, pero la pintura toda es abstracta, lo que diferencia una de la otra es el grado de verosimilitud con la realidad. La pintura es una cosa y la realidad es otra. En otros lenguajes como la música eso está clarísimo: usa sonidos y el tiempo para removernos profundamente y a todos nos parece muy natural, si bien es de un grado de abstracción total. La idea de pintura como representación a mí no me interesa y creo que hay lenguajes que lo hacen mucho mejor como la fotografía o el cine. Me interesa ese punto misterioso donde uno ve una mancha y siente algo profundo. Ese punto donde algo tan artificial puede hacernos sentir algo tan real. No digo que yo lo logre pero el camino hacia ese lugar es el que me hace moverme. En un sentido siempre siento que estoy pintando el mismo cuadro.
¿Por qué pintar gente?
Es algo que se dio con naturalidad si bien he probado con otros temas más meditados. El año pasado estuve meses con naturalezas muertas. Algo que es parte de la formación clásica pero que la verdad solo había hecho una o dos veces. La pintura es un lenguaje y se puede aprender de muchas maneras. La gente, en mi caso, es el tema por el cual siento afinidad. Una afinidad más sensible que racional, algo así como el gusto por un género musical.
¿Quiénes son los individuos que retratás?
En un primer momento fueron personas cercanas y luego el espectro se fue ampliando. Hace tiempo que tengo una biblioteca de imágenes, recortes, fotos familiares, publicidades, de internet o de donde sea. Por lo general tienen presente a la figura humana y las guardo porque me llaman la atención. Es como un baúl que abro cada vez que empiezo un trabajo y muchas veces no sé ni quiénes son. Por lo general hay una constante de que sean solo una persona, algo que pienso que viene de la soledad, del ser humano como unidad mínima.
Tus obras por lo general tienen cierta consistencia-relieve. ¿Es premeditado?
Sí, es algo que me interesa. La textura es otro elemento para estimular los sentidos, le da otra complejidad. En la pintura hay texturas que son más visuales que táctiles, se me viene a la cabeza Velázquez como un genio de la textura visual. Por otro lado, en Uruguay, tenemos a Alfredo De Simone que ponía una cantidad de materia sobre el cuadro muy grande. Entre varias cosas, los dos apuntan hacia ese sentido aunque de forma diferente.
¿Qué te inspira a la hora de pintar?
Escuchar música. Cuando llego al taller lo primero que hago es poner música. Escucho de todo, desde Bach hasta Mateo. Este año estoy escuchando mucho a los Beatles.
¿Cuál es el camino que pretendes seguir?
Poder seguir desarrollándome y como gran aspiración, me gustaría llegar a ese nivel de poder traducir mis emociones y mis sentimientos en color y forma.
Fermín Solana
Revista Arte y Diseño - Arte al Día
Montevideo set 2010
ayd #211
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