Paulós Pinturas - Paintings clearPaulós Pinturas - Paintings

29.09.2011

Catálogo Paulós Pinturas - Paintings
Textos por Pablo Cohen & Javier Vicedo Alós
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TypeWorks

Graphis

10 x 10 cm
24 páginas
2010 / 11

 

Un amor innegociable

En un país con pocas estrellas, Domingo Tapia es el marquero de las estrellas. La contradicción es evidente, pero como este texto parecería ser de ficción, la obviaremos. Tapia no solo convierte una buena pieza sobre tela, cartulina o papel en una obra de arte refinada, sino que entiende perfectamente cuál es la tarea del enmarcador en el siglo XXI: contener la obra, darle relevancia con inteligencia y espíritu moderno y, si cabe, hacer que se luzca por resquicios en los que ni el propio artista hubiera pensado. En Uruguay, Tapia ha trabajado para los mejores, pero esa mención no tendría sentido si no dijéramos que, también, los ha conocido y los ha comprendido. Hablamos, por supuesto, de Ernesto Vila, de Carlos Musso, de Carlos Seveso, de Martín Verges, de Lacy Duarte y de Marcelo Legrand.

Cuando el 24 de julio de 2010, el diario El Observador de Uruguay publicó una entrevista a Tapia, quien bucea en la relación entre las obras y sus límites desde hace 15 años, respondió inmediatamente con el nombre de Santiago Paulós a la pregunta: “¿De qué artistas uruguayos que no sean demasiado conocidos hoy van a hablar las futuras generaciones?”.
En ese momento, afirmó: “Él es un tipo que se formó en el taller de Álvaro Amengual pero que está en una búsqueda permanente y tiene un perfil propio muy claro”. A esa altura, Paulós ya se había convertido en una promesa, pues había obtenido el primer premio de la Batuz Foundation Saschen en 2004, había sido finalista del Premio Paul Cézanne en 2006, había sido admitido en un workshop dictado por el español Antonio López en 2008 y, sobre todo, había sido becado junto a otros 20 jóvenes, de entre un conjunto de más de dos mil, para estudiar en la Fundación Antonio Gala de Córdoba, nada menos que por Alfonso Emilio Pérez Sánchez, ex director del Museo del Prado.

Hoy tiene 28 años de edad, y los coleccionistas nacionales de arte contemporáneo se disputan sus obras. ¿Por qué? En primer lugar, porque es un pintor con un don innato. En segundo lugar, porque es un artista académico que domina su tarea al dedillo, aunque no para ejecutarla con vacío virtuosismo ni para convertirla en un discurso políticamente correcto. A Paulós no le preocupa encontrar justificaciones para sus cuadros, sencillamente porque sus cuadros no las necesitan. Su trabajo no es el de un intelectual que intenta mejorar el mundo sino el de un hombre que no cree en relativismos y que, por eso, todavía se sigue conmoviendo con la belleza como aquella primera vez en que, eclipsado durante una tarde nublada en su San José de Mayo natal, vio una reproducción de un cuadro de Joan Miró que nunca olvidará.

Ocurre que, para Paulós, la pintura es un oficio innegociable. En realidad, admitiría él con alguna copa de más y con temor a sonar cursi, es un amor innegociable. Pero ese amor, del que se ha dado el lujo de vivir, lo ha visto subir, caer y volver a subir en una montaña rusa que por fin se ha vuelto a estabilizar. Si uno analiza su trabajo, se encontrará con los primeros experimentos de 2003, con algunas obras hiperrealistas de 2004 que forman parte de lo mejor de su breve carrera, y con un año 2006 en el que, siempre con la figura humana como obsesión, el talento y el instinto para captar al retratado -esa atmósfera de las personas y su entorno que solo genios como Carlos María Herrera y Carlos Federico Sáez han sabido retener- lo encontraron en su esplendor.

Hubo, es cierto, años intrascendentes o directamente flojos: 2005,
innecesariamente macabro, 2008, liviano como el pop art menos original, y 2009, cuando su expresividad estaba a pleno pero la paleta Paulós no terminaba de aparecer. “Lucian Freud” y “Abuela, Androginia”, de 2004, “Émile Zola”, de 2006 y “Payaso 2”, de 2007, marcaban hasta entonces los puntos más altos de su trayectoria.

Pero desde mediados de 2010 y hasta comienzos de 2011, Paulós ha terminado de encontrar su lenguaje, una tarea en la que tantos pintores técnicamente inapelables pasan una vida entera frustrados. Ahora, la belleza poética de “Azul”, la divertida locura de “Rocío” y el misterio venenoso de “Tenista” se han sumado a una obra maestra que condensa su universo. Se llama “Sombrero blanco”, y, con un sentido más acabado de la síntesis, allí están el humanismo, la profundidad y la expresión de siempre pero con una madurez y un renovado dominio de la fragmentación y del color que han despertado el entusiasmo de Eduardo Cardozo. Y que, seguramente, hubieran hecho que el viejo Anhelo Hernández opinara lo mismo que cuando, hace pocos años, vio una muestra de Eva Olivetti y dijo: “Al fin pintura, pintura”.

 

Pablo Cohen
Editor de Cultura
Semanario Búsqueda

 

 

 

 

 

© Santiago Paulós