Búsqueda Publication, Montevideo

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Review by Carlos A. Muñoz (p41) for ‘Gazes’ show at 6280 Gallery, Montevideo.

 

 

La mirada del otro

 

En cierto sentido, la sala está vacía. En otro, está repleta. Apenas uno sube al primer piso de la Galería 6280, en pleno Carrasco, tiene la sensación de estar acompañado. O peor: observado o, en cierta forma, interrogado por un montón de rostros cuyos ojos apuntan hacia el espectador. Son rostros en primeros planos, construidos a partir del color. Pintados en retazos, casi en manchas, firmes, se ofrecen claramente definidos. Lo que uno piensa, en primer lugar, es que son retratos en el sentido más tradicional del término. Es una opción, aunque tramposa, de una primera impresión que no contempla algunas curiosidades de la obra de Santiago Paulós, un artista que nació en 1983 en San José y que es, además, uno de los más reconocidos de su generación, puesto que fue finalista del Premio Paul Cézanne y acreedor de una beca, en 2007, para estudiar en la Fundación Antonio Gala de Córdoba, España, gracias al ojo avezado del ex director del Museo del Prado, Alfonso Emilio Pérez Sánchez.

 

Es cierto que sus imágenes son construidas, a veces, a partir de gente de carne y hueso, y que a uno le llegan como referentes visuales en el sentido más tradicional. Pero a pesar de que en un principio cueste un poco definirlos y diferenciarlos, son hombes o mujeres, algún niño o alguna niña, en cuadros de gran tamaño que ocupan todas las paredes de ese gran primer piso de la galería.

 

Son obras en colores fuertes, aunque sin estridencias ni usos abusivos o intentos desorbitados. Son cuadros en tonos armoniosos donde aparece algún rojo entre azules apagados. Tienen algunos tonos que iluminan, ciertos toques o destellos de luz, pero en general se impone el dominio terrestre sobre la euforia y el equilibrio de los marrones sobre un rosa pálido o alguna línea naranja.

 

El espectador puede sorprenderse con varios aspectos de esta muestra. En primer lugar, con esos aparentes estallidos de colores que construyen la imagen pero que permiten una observación serena, plácida, aparentemente melancólica. Es otra pequeña trampa. Como la que conduce por los caminos de una variación mínima entre cuadro y cuadro. En un primer acercamiento, parece que el autor hubiera elegido sugerir un cuerpo único, un rostro único, una imagen cuyo marco de construcción se impone sobre las diferencias, sobre los rasgos personales, que los hay, sin duda, pero que simulan estar al servicio de otra cuestión, de otro impulso. Para decirlo con claridad: en el primer contacto se imponen las manchas, los colores, la plenitud del óleo y la textura que llena las telas, impactando sobre la percepción.

 

Después viene otro viaje, otra hondura, la puerta que se abre a una sensación distinta. Uno pasa a un ámbito donde esos rostros son personas pero, a la vez, son sugerencias de historias, de mundos, de vidas que van mucho más allá de sus referencias. En ese sentido, están lejos de los retratos tradicionales, de los rasgos que importa definir. En este caso y por esta sugerencia mucho más sensible y misteriosa, el pintor logra que lo verdaderamente diferente en cada uno sea la mirada, definida por lo que quizás ven o sienten. No en vano, la muestra se titula “Miradas”. Y no en vano las obras llevan títulos como “El lago”, “El Bosque”, “Huracán” o “Flor cósmica”.

 

Son indicios de un rastro que lleva a instalarse en otro sitio, quizás desde la sensación inicial de estar en el ojo de ese despliegue de miradas por momentos tristes, por momentos curiosas, envueltas en cierto destello metafísico. Pero son los pequeños círculos azules en medio del tendal de colores lo que hace tan especial este muestra. De retratos sí. Pero de retratos distintos.

 

Luego de aquella primera impresión, esos ojos dejan paso al interrogante y, entre las respuestas, aparecen rasgos muy particulares de un artista que tiene especial dedicación por la figura humana y por la mirada perdida, en el sentido menos tradicional del término. Dedicación que tuvo desde sus primeros trabajos ofrecidos a la consideración pública allá por el año 2004, cuando ganó el Batuz, o en 2006, cuando fue seleccionado en el Premio Paul Cézanne otorgado por la Embajada de Francia en Uruguay.

 

Figuras que, desde entonces, el plástico ha ido desarmando hasta dejar en un punto esencial. En el repaso, uno puede seguir un trayecto pictórico no sólo destacado para la edad del artista, tan joven y con excelente dominio técnico, sino además, en un vuelo que parece planear sobre un mismo rostro en el que Paulós, pese a que se repite, se desentiende del rasgo para instalarse definitivamente en el alma.

 

Carlos A. Muñoz
Semanario Búsqueda
Jueves 21 de junio de 2012, pág. 41